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martes, 7 de noviembre de 2017

Semana de homenaje por los 100 años de la Revolución Rusa en La luna con gatillo


Dos: Nuestro Lenin


Por Mariano Pacheco*


 Gran capacidad de síntesis, Vladimir. Y de expresar en fórmulas claras sus ideas.

¿Qué implica ser leninista hoy? Seguramente no serlo. O más bien: asumir que hay tantos Lenin como situaciones atravesó el Pelado en su vida política. “El análisis concreto de las situaciones concretas”, he aquí una de sus fórmulas claras, tan claras como plantear al socialismo en términos de “Electrificación+Sóviets”. El siglo transcurrido desde que los bolcheviques tomaron el poder en Rusia han colocado al leninismo en el centro de los debates de las izquierdas del mundo. ¿Qué no se ha dicho ya? La respuesta a esta pregunta, tan de perogrullo, puede encontrarse en otra fórmula quizá, que esbozamos en estas líneas: el pensamiento crítico es siempre situado.

Lenin escribió alguna vez que las consignas que servían para un momento no servían para otro. ¡Gran lección de leninismo! Lo que sea dicho del leninismo hoy no es tanto algo que el jefe bolchevique haya escrito o pronunciado alguna vez, sino más bien sus modos de abordar los momentos. ¡Carecemos de nuestras propias Tesis de abril! O de diciembre podríamos decir. ¿Qué queda del momento leninista de 2001? Tal vez la lección de haber sido demasiados soberbios, muy posmodernos, extremadamente reacios a pensarnos al interior de un legado y no sólo en ruptura con una tradición que, dicho sea de paso, sólo rechazamos en función de lo oído alguna vez y no producto de una lectura crítica (siempre situada). Además -insistiendo-: ¿con qué momento de esa tradición se rompe? Pensar a Lenin es pensar su fase de “Todo el poder a los sóviets” pero también su respuesta creativa del ¿Qué hacer? y su testamento, y su caracterización del imperialismo como fase superior del capitalismo y... y... y… La síntesis disyuntiva de la que tanto hablaron Félix Guattari y Gilles Deleuze.

Análisis crítico de las situaciones concretas, entonces. He ahí un legado fundamental del leninismo. ¿O no desconocemos, muchas veces, los modos concretos en que el capital se ha desarrollado en estas tierras? Y no me refiero sólo a la “formación social concreta” sino más bien a las formas en que se ha estructurado no sólo la explotación sino además la dominación, las formas de subjetividad que imperceptiblemente nos atan a menudo a la servidumbre, por la cual tanta veces luchamos como si se tratara de nuestra libertad.

Hace unos días en un bar de la ciudad de Buenos Aires, conversando con El Ruso y Diego Sztulwark éste último decía que había que pensar a Lenin a partir de un determinado modo de leer la realidad, algo que retomó en estos días en un texto publicado por los amigos del portal Lobo suelto. Lectura que reclama de nuestros mayores esfuerzos si no queremos resignarnos a entender la política (aún la que aspira a la emancipación) desde el lugar de siempre-por-detrás-de-las-situaciones. Intento singular, siempre renovado, de aportar por intervenir en la escena contemporánea desde una posición generacional, esa Nueva Generación de Intelectuales de Izquierda esbozada por Omar Acha hace años atrás (intento seguramente trunco pero siempre en reclamo de ser reactualizado).

¿Qué nos queda de Lenin entonces? ¿Con qué Lenin nos quedamos? Seguramente con el crítico agudo, con el militante audaz, en medio de una situación caracterizada por el recorte de los horizontes entendidos como posibles. El Lenin con el que nos quedamos es el que no se resigna a dejar de pensar cada situación para captarla en su singularidad y, por lo tanto, intervenir creativamente en ella. El Lenin que inspira a asumir un lado claro de la barricada, el que no tiene empacho en señalar con dureza los límites entre un bando y otro. Ese que hace todo lo posible por forzar la situación lo más que de, para que el cielo por asalto no sea una metáfora meramente enunciada, sino PROYECTO, con todo el compromiso existencial que ese concepto implica.

*Editorial de La luna con gatillo: una crítica política de la cultura (emisión del jueves 2 de noviembre de 2017)



*LA LUNA CON GATILLO: Una crítica política de la cultura
Jueves de 19 a 20.30 horas en vivo por Radio Eterogenia (www.eterogenia.com.ar), la radio del Centro Cultural España Córdoba.
Fanzine digital de actualización diaria: https://lepondregatilloalaluna.blogspot.com.ar

martes, 12 de septiembre de 2017

Santiago Maldonado, la democracia de la derrota y la pesada herencia del Proceso


Macri, desgracia: ¿vos sos la democracia? 

 Editorial, por Mariano Pacheco
 
Intervención del fotógrafo Gabriel Orge, en la ciudad de Córdoba
Fines de la década del ‘50 del siglo XX. David Viñas escribe Los dueños de la tierra.
Fines de la década del ‘90 del siglo XIX. David sitúa el inicio del relato de su novela.
Dos personajes discuten sobre “la mejor manera de cazar indios”. “Como si fueran guanacos o cualquier cosa”, dice uno. Porque “matar era como violar a alguien. Algo bueno”, comenta otro. El relato avanza, y las frases pronunciadas resuenan desde el fondo de la historia en esta cruda realidad del siglo XXI. “¿Nosotros venimos aquí a divertirnos o qué?”. El interrogante es del libro de Viñas, no de la actual “Revolución de la alegría”, que a través de la Gendarmería Nacional ha detenido-desaparecido al joven trabajador de la economía popular Santiago Maldonado. El artesano estaba en el sur del país junto a la comunidad mapuche que resiste el avance represivo del Estado argentino que ahora toma la Ley Antiterrorista aprobada durante el anterior gobierno para “inventarse” ese nuevo enemigo público. Ese mismo Estado que casi un siglo y medio atrás recorrió similares latitudes en una campaña que denominó del desierto, pero en la que habitaban los indios, tan condenados entonces como hoy. “Era famoso en toda esa parte de la Patagonia. Bond. Y cuando esos animales -o lo que fuera- caían, él los golpeaba hasta que agacharan la cabeza, no miraban más y quedaban completamente oscurecidos como su propia piel”. Quien escribe es David Viñas, y agrega: “Lo que molestara tenía que ser eliminado”. La misma tierra patagónica en donde hace casi un siglo atrás el Estado exterminaba trabajadores criollos, de Argentina y de Chile, y también, inmigrantes. Esos que le habían salido como tiro por la culata a los planes de Don Faustino, el Sarmiento que había promocionado que pobláramos el “desierto” con gente de bien, europeos, no negros de mierda venidos de países cercanos. Pero la gente de bien no era tan de bien. Eran anarquistas, hombres y mujeres de espíritu libertario, no iguales pero parecidos a los gauchos e indios que en malones y montoneras se habían resistido a la captura operada por el Estado en su búsqueda por transformarlos en ciudadanos de la república burguesa, es decir, en fuerza productiva para el capital.
***
La desaparición forzada de Santiago Maldonado marca nuevamente el territorio patagónico con signo trágico. Territorio que parece estar en disputa, tironeado por la soberanía popular que en este caso se expresa en un pueblo ancestral como es el mapuche, y la extranjerización que estuvo presente en el sur del país desde hace más de un siglo (recordar las imágenes de “La patagonia rebelde”, el film de Héctor Olivera sobre la investigación de Osvaldo Bayer) y que hoy, al decir de Jorge Falcone, muestran la “matriz productiva de la Argentina colonial”.
Lucha local, la de las mapuches, que ha tomado dimensión nacional e incluso internacional durante este último año.
La masiva y contundente respuesta al gobierno que se expresó en las calles el viernes 1 de septiembre muestra que además de un amplio apoyo en las urnas para la gestión Cambiemos y los micro-fascismos que circulan horizontalmente en nuestra sociedad (y que son tomados verticalmente, amplificados y promocionados por las empresas periodísticas de la comunicación hegemónica), también existen profundas reservas de dignidad popular. Una reserva de dignidad que suele expresarse de modo cabal cuando las convocatorias suelen ser amplias y unitarias, otorgando masividad y legitimidad al reclamo. Una reserva de dignidad que tiene presente no sólo la memoria de las atrocidades cometidas durante el terrorismo de Estado sino también la de los años cínicos donde primó la impunidad. Por supuesto, el rostro de Maldonado logra sumar mayores adhesiones que otras causas igual de justas que se han planeado frente a los atropellos del poder: el caso de Jorge Julio López y Luciano Arruga, sin ir más lejos. O la de los casos de gatillo fácil. Pero eso no desmerece la importancia de la unidad gestada en torno a su caso. Unidad tan necesaria para otorgar legitimidad al reclamo, darle masividad, y visibilidad.
Claro, su contracara es la decisión firme de este gobierno encabezado por el ingeniero Mauricio Macri de “no ceder”. Parece haber incluso una cuestión psicológica en el tema: el niño bien al que nunca le dijeron que no, el chico rico que está acostumbrado a llevarse el mundo por delante, no puede aflojar. Por eso persiste Patricia Bullrich al frente del ministerio de Seguridad. Por eso reprimen una movilización de 250 mil almas. Y por eso van por más, como lo demuestra la “cacería” que efectuaron contra los periodistas de los medios comunitarios y autogestivos encarcelados durante la marcha, con cámara de fotos al cuello y credenciales de prensa al pecho incluidas.
¿Estamos leyendo desde este lado de la barricada el nuevo ciclo político que tenemos en puerta, o que de modo más o menos imperceptible ya ha llegado a la Argentina, en consonancia con la guerra que los poderosos han declarado a los pueblos del mundo? A veces pareciera que no, que seguimos actuando, funcionando como si tuviéramos adelante una próxima fiesta familiar, un nuevo recital al que asistir para dejar ver nuestra bronca sin que nada pase, sin que nada nos pase.
La existencia de presos políticos (Agustín Santillán en Formosa, Facundo Jones Huala en Chubut, Milagro Sala y las “tupakeras” en Jujuy), las represiones del último año y medio (antes las hubo, claro, pero ahora parecen ser “políticas de Estado”) y la desaparición de Maldonado marcan al parecer un nuevo rumbo.
Incluso Jorge Asís, el Turco ese al que se puede acusar de cualquier cosa menos de no manejar info de los poderosos de la casta política que nos gobierna, sostuvo y reiteró (por si hiciera falta) que  “la Gendarmería detuvo a Santiago Maldonado”, lo golpeó, lo expuso a muy bajas temperatura y “se les quedó”. Algo de esa versión pareciera tomar ahora el gobierno, con las últimas informaciones del caso que puso a circular, induciendo a la opinión pública a concentrar la mirada sobre un efectivo de Gendarmería que habría golpeado a Maldonado con una piedra.
Recién ahora, un mes y medio después de su secuestro, el gobierno nacional parece redefinir estrategias y comenzar a ver que es evidente que las versiones previas sobre lo sucedido ya no funcionan. Ahora, después de que un estudio de ADN echara por tierra la versión de que Maldonado había sido herido o muerto durante un ataque a un puesto de vigilancia de la estancia El Maitén, y ante las declaraciones de nuevos testigos que aseguraron que a Santiago se lo llevó Gendarmería, el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Claudio Avruj reconoció que “se tiene que verificar si Gendarmería es la responsable o no”. Dichos ante los cuales el periodista Horacio Verbitsky, presidente del CELS, señaló que recién tomaron conciencia “de la gravedad de la situación” y empezaron a hacer algunas cosas que deberían haber hecho desde el primer día. “Esperaron que el tema se diluyera, sembraron pistas falsas, desviaron la atención de los hechos con inventos que difundieron gracias a la prensa canalla que les responde”, aseveró “El Perro”.
Mientras tanto, las operaciones de prensa continúan. Como las del diario La Nación, que publicó la “noticia” sobre las “versiones disímiles” y las “omisiones” de Matías Santana en sus declaraciones a la Justicia. Según el pasquín de los Mitre, el joven mapuche que había afirmado ante el mismo medio, días atrás, que había visto cómo golpeaban, “empujaban y llevaban a la rastra” a Maldonado, se contradecía ante los tribunales. La empresa periodística incluso califica de “delirantes” sus dichos. Días después de estas declaraciones el periodista Diego Rojas publicaba en Infobae el video registrado por un gendarme con su celular donde puede verse a un colega suyo filmando el operativo de represión, contradiciendo la versión oficial que consta en expediente judicial que sostiene que no existe material fílmico que la fuerza pueda aportar a la justicia para la investigación. Sobre esto La nación se reservó declaraciones.
Sabemos: la prensa hegemónica está para modelar los comportamientos y los dichos “normales”. Habrá que ser anormales entonces, delirantes, si es que queremos comenzar a ser la pesadilla de aquellos que condenan e imposibilitan nuestros sueños. A fin de cuentas, indios, gauchos y cabecitas negra fueron ayer el hecho maldito del país burgués. Y no son más que legado ante este nuevo Proceso de Reorganización Nacional llevado adelante con los consensos del voto popular de estas instituciones parlamentarias que ordenan la dominación y la explotación hoy en día y desde hace más de tres décadas, luego de que el último intento por transformar de raíz las injustas sociedades que habitamos fuera derrotado.
Tal vez sea hora de revisar el aura de santidad que envuelve estas democracias, las nuestras, las de la derrota.

*LA LUNA CON GATILLO: Una crítica política de la cultura
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martes, 22 de agosto de 2017

Conflicto mapuche. Editorial de Mariano Pacheco en La luna con gatillo


Indios, Gendarmes y Fronteras


Por Mariano Pacheco
(La luna con gatillo/Resumen Latinoamericano)
 


La historia ya nos resulta tan pero tan conocida que se torna una redundancia volver a contarla. Solo para recordarle a la ministra Patria Bullrich (la piba Luro de Pueyrredón) y para no abundar, recapitular brevemente:
El 1 de agosto Gendarmería Nacional ingresó a la comunidad Pu Lof en Resistencia (Chushamen, provincia de Chubut). Entraron sin orden judicial, reprimieron y, desde ese día -según declararon testigos- Santiago Maldonado permanece desaparecido. El joven había ido al lugar de visita y luego se quedó para solidarizarse con la comunidad agredida, que viene reclamando la libertad de Facundo Jones Huala, actualmente detenido en la cárcel de Esquel por una causa de extradición por la que ya había sido liberado.
Lejos de ponerse a la cabeza de la búsqueda de Maldonado, el Gobierno Nacional se dedicó a erigir toda una estrategia digna de la teoría de los dos demonios contra el pueblo mapuche: insistencia en vincular a Jones Huala con Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), una organización a la que -dicen- le han secuestrado importantes armamentos: serruchos, martillos, alguna hoz y otras herramientas de trabajo;  allanamiento de la vivienda de familiares de Maldonado (colocando a las víctimas en sospechosos), entre otras importantes iniciativas para esclarecer la “desaparición forzada” del muchacho. Por supuesto, a modo de remate: cuando allanaron Gendarmería los vehículos estaban lavados y no encontraron nada sospechoso en las instalaciones.
Mientras tanto Santiago sigue desaparecido y el Estado argentino, jugando a las escondidas (incluso Maldonado ya figura entre las personas buscadas por Interpol). “De acuerdo con las normas del Comité de Naciones Unidas que supervisa el cumplimiento de la Convención contra las desapariciones forzadas, basta la sospecha para que se activen las obligaciones del Estado de investigar el caso, no como si se tratara de una Persona Extraviada (según comunicó el secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, Claudio Avruj) sino como un detenido-desaparecido”, escribió Horacio Verbitsky en una nota publicada el domingo pasado en el diario Página/12.
El rostro de Maldonado se ha transformado en símbolo que inunda las redes sociales, que estuvo presente en numerosas manifestaciones y permanece en muchas paredes de este país, con excepción de la ciudad de Buenos Aires, donde la gestión Cambiemos mandó a “blanquear” los muros donde se veía su rostro o consignas exigiendo su aparición.
De fondo, el proceso de recuperación de tierras iniciado en marzo de 2015 es lo que parece no perdonárseles. Desde entonces, parte de las tierras de la estancia Leleque, propiedad de Benetton, ha retornado a la comunidad mapuche. La multinacional es el mayor terrateniente de Argentina, con un millón de hectáreas bajo su poder.
 
La indiofobia: una constante de la historia nacional
Mientras seguimos esperando que Santiago aparezca, pasó un nuevo aniversario de la muerte de Don José de San Martín. El mismo general libertador que escribió a los miembros del Ejército de los Andes:
“La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos; si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con la bayetita que nos trabajen nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada..."
El mismo que, en su “Orden del 27 de julio de 1819”, arengó:
“Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje”.
Por supuesto, el discurso de la conquista fue mucho más allá y logró imponerse mucho más que las palabras pronunciadas por el “padre de la patria”. Incluso ese discurso no quedó en el lugar de la “antipatria”, sino que encontró sus fundamentos en otros íconos del panteón nacional, como Don Faustino Sarmiento y Julio Asesino Roca. Discurso hegemónico que encontró asimismo, en la “Campaña del desierto” (la “fase superior de la conquista española”, a decir de David Viñas) su momento fundamental e hizo de la indiofobia su estandarte, colocando a la cuestión indígena como “problema del indio”, situado entre dos polos muy claros: sometimiento o supresión. Polos que expresaron de modo cabal la teoría política que justificó la expropiación de sus tierras y que hoy retorna bajo el modo de la sospecha (¿quieren destruir el Estado nacional y fundar un Estado Mapuche en el sur del país?) y de la deslegitimación (además de anti-argentinos son violentos) que los coloca en la ilegalidad (hay que detenerlos porque son violentos).
La misma indiofobia que hoy también se ve expresada en los casos de Milagro Sala y Agustín Santillán, detenidos en Jujuy y en Formosa, respectivamente. La misma indiofobia que se expresa, por otra parte, contra los “negros choros” y los “pendejos merodeadores”, que si van a la cárcel tienen que agradecer y considerarse con suerte, porque en realidad la policía directamente los suele matar. Indiofobia que hace que incluso hoy muchos vean con malos ojos la desaparición de un joven artesano, “blanquito” aunque hippie-pata-sucia, pero que tal vez no dirían nada si la desaparición forzada se hubiese realizado contra un toba, un wichi o un mapuche (“nuestras bellas almas son racistas", sentenció alguna vez Jean Paul Sartre).
Ya no es el Ejército Argentino el que avanza sobre las tierras indígenas en nombre del progreso, extendiendo los límites controlados por el Estado, pero sí es la Gendarmería Nacional, que avanza sobre las tierras indígenas y las tierras recuperadas por otros habitantes de estas tierras para extender el control del capital sobre la soberanía nacional, cada vez más lejos de la soberanía popular. Por otra parte, los Gendarmes avanzan sobre las fronteras sociales que se imponen cada día para segregar a los pobres de los ricos, la gente bien de los que amenazan la bondad.
“El colono, cuando quiere describir y encontrar la palabra justa, se refiere constantemente al bestiario”, escribía Frantz Fanon para describir la situación de violencia colonial en su emblemático libro Los condenados de la tierra. El mismo bestiario que en nuestras tierras se llamó a veces indios, a veces gaucho, a veces cabecita negra y que hoy es también, como decíamos, negro choro, pendejo merodeador o agitador violento. Siempre, más allá de los nombres, lo que se produce es un proceso de desrealización de la marca humana en los cuerpos de los Otros. “La animalización de los indios, masas hirvientes de instintos desencantados, es el mecanismo de deshumanización por el cual la matanza se desrealiza”, nos recuerda Fermín Rodríguez en su libro Un desierto para la nación, en donde también afirma: “no hay allí violencia contra una forma de vida, porque esa vida ya estaba negada al momento en que el enemigo se representa como una fiera sedienta de sangre, fuera del límite de lo humano”.
Ya pudimos ver qué sucede cuando esa posición logra expresarse como terrorismo ejercido desde el Estado. Hace décadas atrás sus fundamentos tuvieron que brotar a punta de fusil desde los cuarteles de esas mismas fuerzas armadas que, más cerca de Roca que de San Martín, refundaron la patria sobre pilas de cadáveres que ni siquiera hoy se han podido encontrar.
Lo más triste, lo más preocupante, es que como la historia nunca se repite hoy no podemos esperar ver los tanques para alarmarnos. La explotación y la dominación es en la actualidad mucho más sutil, lo que no significa que no sea violenta, incluso extremadamente violenta cuando hace falta. Pero las más de las veces circula imperceptible, sin que nos demos cuenta, siendo elegida incluso, muchas veces, al menos por partes de importantes de nuestra sociedad.
Tal vez allí radique lo siniestro. En que probablemente la gestión Cambiemos sea la “etapa superior” del Proceso de Reorganización Nacional. Una reestructuración reaccionaria del país elegida por el voto popular.



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sábado, 12 de agosto de 2017

El gatillo de Tuñón. Programa homenaje. Editorial Nuestro Tuñón

Programa Especial de LA LUNA CON GATILLO en Homenaje a Raúl González Tuñón


Editorial: Nuestro Tuñón
Por Mariano Pacheco


  
Durante los últimos años se ha rescatado mucho a figuras de escritores como Francisco Urondo, Rodolfo Walsh, Juan Gelman. Los años setenta aparecen como aquel momento dorado, que a veces opaca el presente, a veces el pasado anterior al Cordobazo, por lo general ambas dimensiones temporales. Pocas veces se repara en las genealogías y los legados de quienes formaron a los setentistas, sobre todo en la dimensión cultural.
Raúl González Tuñón nos resultó de entrada un ícono, una figura a rescatar. Más padrino que padre, Tuñón acompañó a jóvenes poetas que en los '70 fueron centrales para la cultura argentina, como Gelman, pero también a jóvenes editores como José Luis Mangieri, fundador de La rosa blindada, una de las editoriales que publicó no sólo a los nuevos poetas sino además algunos de los textos fundamentales para la formación de la nueva generación. Figuras como la de Carlos Olmedo, sin lugar a dudas uno de los intelectuales marxistas más destacados de la historia nacional, quien se nutrió de aquellas publicaciones y murió muy joven -como tantos en aquellos años- siendo comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), la guerrilla guevarista que terminó fusionándose con Montoneros en 1973. Pero Tuñón no sólo llevó a buen puerto la máxima de los formalistas rusos, haciendo esa transmisión intergeneracional de la literatura de tíos a sobrinos, sino que él mismo fue una figura destacada de una cultura de izquierdas que en este siglo XXI muchas veces vemos brillar por su ausencia, no sólo por la derrota histórica y el silenciamiento de las derechas, sino también por el pragmatismo extremo y el anti-intelectualismo presente en muchos movimientos sociales y organizaciones políticas.
Tuñón y su internacionalismo militante, expuesto en España durante la guerra revolucionaria de un modo más que ejemplar.
Tuñón y su posición claramente solidaria con la prole nacional.
Tuñón, un brigadista internacional, un brigadista de la lucha cultural, un brigadista de la poesía que no olvidó chocar contra los lenguajes del sentido común y crear como un niño que juega y ríe un modo perspicaz de hablar. ¿Porque qué otra cosa es la poesía de Tuñón sino una enorme conversación y una polémica con sus contemporáneos… y con las generaciones que vendrán?

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